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Pla Ventura  
  España [ 19/07/2000 ]  
ES HUMANISTA Y SE LLAMA JAVIER.

 

   Doña Liliana regresó un día a casa y, tan sólo entrar en la misma, quedó estupefacta. Ella tenía la certeza de que, al marchar, la casa estaba sola. Su estupor vino en que, al entrar, oyó los llantos de un niño. La señora no daba crédito a los que sus ojos veían. Un niño recién nacido lloraba sin consuelo. No era posible. ¿Acaso era un milagro? En principio, las retinas de doña Liliana se llenaron de lágrimas. Era muy grande la emoción y, ante todo, la incertidumbre por lo que estaba viviendo. Ella, azarosa y feliz, no dudó en mimar al niño, bañarle, vestirle y prestarle todo tipo de ayuda. Enseguida llamó a un médico amigo de la familia para que atendiera al pequeño. Todo estaba bien. El niño, tras recibir todo tipo de ayuda y alimentos, pronto dejó de llorar.

    Al caer la tarde llegaron a la casa el esposo de doña Liliana y sus hijos. Todos al ver la escena, quedaron atónitos. ¿Este niño? Preguntó el esposo con cara de sombro. Los hijos, en vez de preguntar, mimaban, besaban y adoraban al niño como si fuera la escena del nacimiento del niño Jesús. Doña Liliana contó a su esposo lo que ella sabía, que en realidad era muy poco. Luego, pasados unos días, pronto supieron la verdad. Una muchacha, empleada de hogar de doña Liliana,  se quedó embarazada, tuvo el niño en casa de doña Liliana, lo abandonó y se marchó para siempre dejando el niño en las mejores manos. Ante tal situación, doña Liliana le dijo a su marido: “Este niño nos lo ha mandado Dios y, por tanto, es, desde este instante, nuestro hijo pequeño.”. El niño tenía una carita de ángel bueno, maravillosa. Al correr los años, las vecinas le decían a doña Liliana que el chico era caribonito. Expresión muy al modo cuando un niñito es muy bello.

    Le bautizaron con el nombre de Javier y, de apellido Cruz, la estirpe de la familia. Javier vino al mundo para darle alegría a esta maravillosa familia. Su infancia resultó ser una delicia. Javiercito era la alegría para todos. Y, nunca jamás, doña Liliana le diferenció con el resto de sus hijos. El niño se enteró de su verdadera identidad cuando ya era mayorcito. Doña Liliana, que lo amaba con locura, no podía resistir la tentación de contarle la verdad. Javier, ya de adolescente, al recibir la noticia, quedó como asombrado. No podía creer como una mujer que lo amaba con todo el cariño del mundo, que sabía el riesgo que corría, puesto que podía perderle al contarle la verdad. Así es doña Liliana. Todo amor, todo dulzura, todo encanto. Javier comenzó a indagar y, tras una larga peripecia, encontró a su madre verdadera. No pasó nada. La conoció, la perdonó y se quedó en paz consigo mismo.

    Javier quiso ser médico, quizás como premio para doña Liliana al pensar la angustia tan grande que ella pasó, el día que lo encontró recién nacido, cuando ésta buscaba un médico. Pasaron los años y Javier se convirtió en una inminencia de la ciencia. El es cirujano cardiovascular. Pero no es un cirujano cualquiera. El ama su profesión, ama la vida, ama a Dios. Trabajó durante algunos años en la Fundación Cardio-Infantil de Bogotá para, más tarde, trasladarle a Sao Paulo, ciudad en la que, su ciencia, es admirada, respetada y venerada por los brasileños.

   En estos días, Javier ha regresado a Bogotá para ver a su mamita, a sus hermanos y, ante todo, a una persona maravillosa de la que tanto aprendió. Ella es Francelina Olaya. Francita, como él le llama, fue compañera suya en el hospital bogotano. Dentro de breves fechas Javier regresa a Brasil. Sin embargo, hace unos días, tuvo un encuentro con Francita y, emocionado, feliz y dichoso, no tuvo reparo en confesarle a esta muchacha, el párrafo que reproduzco a continuación. “Francita: contigo aprendí las mejores lecciones de mi vida. Me enseñaste a querer a la gente; me hiciste comprender la grandeza del ser humano ya que, a pesar de tanto suicida y tanto misida, el mundo sigue siendo un paraíso y, por encima de todo, me hiciste amar a Dios.

Eres un ser humano de unas dimensiones maravillosas. Lo único que lamento de mi vida es no haberte sabido conquistar como mujer.”

    Esta es, a grandes rasgos, la vida de un ser humano delicioso, de un humanista ejemplar llamado Javier Cruz que, como se comprueba, sólo la vida ha sido capaz de distraerle. Que Dios te bendiga Javier, en Brasil o en el lugar del mundo donde estuvieres.

 

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