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Fernando Marcet  
  Perú [ 17/05/2006 ]  
TERCIO DE VARAS II

El tercio de varas, tal como se practica en la actualidad, viene arrastrando a la fiesta a su total degeneración. Debería ser lo más importante y bello de la lidia pues permite apreciar las calidades y defectos del toro, pone a prueba su bravura y, cuando se hace bien, corrige su mala forma de embestir.

El tema de las puyas es complejo, lo ha sido siempre, y tiene muchos aspectos que debemos analizar con detenimiento si queremos explicarnos cómo hemos llegado a aceptar en nuestras plazas un tercio de varas, que es la antítesis de lo que debe ser. Analizaremos en este y siguientes escritos cuatro aspectos que debemos tomar en cuenta para apreciarlo y entenderlo: 1) La forma como se ejecuta; 2) El lugar donde se pica; 3) El número de puyazos que se dan; y 4) El tipo de puya que se utiliza.

¿CÓMO DEBE REALIZARSE LA SUERTE DE VARAS?

Ubicación del picador.
Siendo uno de sus propósitos medir la bravura del toro, es importante que el picador se ubique al extremo opuesto a la puerta de chiqueros para evitar que se confunda la huída del toro manso que quiere salirse del ruedo, con la acometividad del bravo que busca pelea. La res debe ser puesta en suerte sin rebasar el círculo pintado en la arena más alejado de la barrera mientras que el picador lo citará tras el que se encuentra más cerca.

Los círculos en el ruedo.
Considero oportuno recordar la importancia y origen de estos dos círculos. El primero se creó para impedir que el picador, cuando era un verdadero toreo a caballo y se desplazaba con soltura sobre una cabalgadura sin peto, saliese hacia el centro del ruedo en busca del toro sin esperar a que este se arrancase, pues se sentía más seguro lejos de la barrera que cerca de ella, donde al toro le sería más fácil coger y matar su caballo. Con la aparición del peto cambiaron las cosas y hoy lo que menos quiere el picador es alejarse de la valla donde suele apoyarse para ofrecer mayor resistencia a la embestida del toro mientras este “se rompe” embistiendo a un caballo blindado. La primera raya se usó por primera vez en la plaza de Zaragoza en una corrida de Pablo Romero dentro de la Feria de la Virgen del Pilar y se hizo obligatoria con el reglamento de 1917. La segunda, nace a iniciativa  del matador de toros y ganadero Domingo Ortega quien, según él mismo contaba, se le ocurrió utilizarla en los tentaderos cuando vio que la mayoría de los toreros no sabían dejar la vaca a la distancia adecuada que permitiera apreciar su bravura al arrancarse al caballo. El buen resultado obtenido lo llevó a recomendarla para las plazas de toros en donde se hizo obligatoria a partir de 1959. La distancia de dos metros entre los dos círculos también fue recomendada por Domingo Ortega y quedó establecida en el reglamento de 1961. El primero ubicado a 7 metros de la  barrera y el segundo a 9 metros de ella. La distancia de dos metros -buena para un tentadero de becerras- siempre me pareció poco para una plaza de toros pues no permitía lucir la arrancada de la res al caballo. En el reglamento de 1992 se aumentó dicha distancia de dos a tres metros y el segundo círculo quedó ubicado a 10 metros de la barrera.

La forma correcta de picar.
La forma correcta de picar es, hoy igual que ayer, como la detalla José Delgado Guerra Pepe-Hillo en su Tauromaquia publicada en Cádiz en 1796: “Se ejecuta situándose el picador en rectitud del terreno que ocupa el toro y luego que este parte y llega a jurisdicción se pone la garrocha en el serviguillo y se abre al mismo tiempo el caballo por la izquierda y, cargándolo sobre el toro, lo despide por la cara de dicho caballo o en línea paralela con él.” Algunas precisiones para aclarar conceptos: El picador citará de frente presentando el pecho del caballo en rectitud al pitón izquierdo del toro para facilitarle la salida luego del embroque. Ante la acometividad del toro el picador lanzará la vara para colocar la puya en las masas musculares del morrillo o serviguillo –detrás de la nuca y delante de la cruz, agujas o rubios- y aguantará la embestida del astado tratando de evitar llegue a coger al caballo. Este, por su parte debe tener movilidad y mucha resistencia en los cuartos traseros para que el picador pueda mantenerse en la suerte. Cuando el toro aprieta y mete los riñones, los de a pié, que han de permanecer sin sobrepasar el estribo izquierdo del equino hasta que se haya producido el embroque, deben acudir al quite para sacarlo por delante del caballo y ponerlo nuevamente en suerte. La pica debe dosificarse en puyazos breves, no solo para que el ahormado sea gradual sino, fundamentalmente, para apreciar y valorar la bravura del animal.

El peto.
Bueno para la protección del caballo, su uso indebido marcó el inicio de la degeneración de la suerte de varas.

Quien lea una crónica de antaño no podrá dejar de sorprenderse del número elevado de puyazos y caballos muertos en cada corrida. Tomemos como ejemplo la tercera de abono realizada en Madrid en 1889 en la que actuaron Francisco Arjona Currito, Salvador Sánchez Frascuelo y Ángel Pastor frente a un bravo encierro de seis toros de Agustín Solís que tomó en total 48 varas y mató 20 caballos; de los toros destacó Jaquetón que tomó nueve varas y mató seis caballos. La verdad es que muchos de los puyazos de entonces no pasaban de ser picotazos o simples amagos pues picar al toro sobre un caballo a pecho descubierto, sin peto, y con una pica en la que la púa de acero apenas asomaba del tope conformado de un grueso encordelado en forma de limoncillo o esfera, era sumamente difícil porque, debiendo el picador tirar la vara para parar al toro antes que llegara a su cabalgadura, muchas veces la bola del encordelado pegaba en el animal sin que la puya hubiese entrado en el morrillo y la cogida del caballo era inevitable.

En el primer reglamento del que se tiene noticia, elaborado en 1846 por Melchor Ordóñez, jefe político de Málaga, se establece, entre otras cosas, que el toro no tenga menos de cinco años cumplidos ni más de ocho y que la cuadra de caballos para picar sea de 40 ejemplares. Como se ve, los toros eran cinqueños y no sobraba optimismo con respecto a la suerte de los jamelgos que habrían de participar en la suerte de varas. El desagradable espectáculo que significaba ver los caballos muertos en el ruedo, en medio de charcos de sangre con las verdosas vísceras expuestas al público, dio motivo para que en el reglamento de 1917 se obligara a que tales cadáveres fuesen cubiertos con tela de arpillera.
  
La preocupación por la integridad de los caballos se hace manifiesta desde fines del siglo XIX y en 1909 un grupo de cronistas taurinos propuso al gobernador de Madrid se les colocasen petos a las cabalgaduras que habrían de actuar en las corridas a celebrarse con motivo de las bodas del rey don Alfonso XIII; ignoro si se hizo o no y si aquello funcionó. El 18 de octubre de 1917 se probó un peto en Madrid que no dio buen resultado. En 1928, por Real Orden, se hace obligatorio el uso del peto en plazas de primera y potestativo en todas las demás. Pido disculpas al lector por señalar tantas fechas relacionadas con los ensayos y fracasos para la implantación del peto pero el hecho que naciera oficialmente catorce años después -y no antes- del reglamento de 1917, fue fatal para la suerte de varas y la fiesta, como lo veremos en otro momento
 
El noble propósito de proteger al caballo con el peto es plausible y su uso no debería haber variado la forma de picar como lo establecen los cánones de la tauromaquia, sin embargo, la realidad fue diferente. El picador lo usó como una ventaja adicional a la que ya tenía con la malhadada puya del reglamento de 1917 que le permitió hacer heridas cuatro veces más profundas que las que jamás pudo hacer con la pica de limoncillo.

Los primeros petos se ajustaban al cuerpo del caballo y le cubrían sólo sus partes vitales lo que permitía al toro que lo alcanzara romanear (levantarlo) y sentir la sensación que podía ganar la pelea. Cuando se le agregó el faldón que hasta hoy se usa –un verdadero colchón que rodea y cubre al caballo con una coraza que llega a 65 centímetros del suelo y lo convierte en una muralla- cualquier intención de romaneo es imposible y la res,  después del primer encontronazo, sale conmocionada doblando las manos.

Si el peto se usara con el único noble propósito de evitar la cogida y muerte del caballo en caso de accidente o impericia del picador, sería perfecto. Pero no es así. Salvo honrosas y meritorias excepciones, lo normal es que el picador deje destroncarse al toro contra la cabalgadura para desde lo alto de su ubicación picarlo según  se lo haya indicado su matador al que sirve y debe obediencia.

Conclusión:
Aplauda usted amigo lector al picador que con la vara detiene al toro sin permitirle llegar al peto de su caballo y pite a quien lo deja estrellarse contra su cabalgadura. La pelea del toro es con el picador, no con el caballo blindado que monta.

¿DÓNDE DEBE PICARSE AL TORO? Será tema del próximo artículo sobre el tercio de varas.

*Grabado: Acuarela de Eduardo Esparza EUZKO

 
   
 
   
Laura Gamarra 22/05/2006  
 
Como siempre sus artículos tan interesantes e ilustrativos,a pesar de que es el tercio que menos me gusta lo he leído con sabor.
 
   
Pedro Garcia 20/05/2006  
 
Gracias por esta sencilla y clara exposición. espero sus próximas entregas sobre esta fundamental suerte en la lidia del toro, que hoy las más de las veces nos "hurtan", sustituyéndola por el "picotazo" o el "asesinato".
 
   
Max Cisbano 18/05/2006  
 
Perfecto! Y por conseguencia no aplauda amigo lector al MATADOR que ordena una mala puya al su PICADOR !
 
   
Alejandro Tellez 17/05/2006  
 
INTERESANTE Y AMENO TU ESCRITO. 48 varas en estos tiempos. cuarenta y ocho toros, a vara por toro. tiempos nuevos.- costumbres nuevas.
 
 
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