Inauguramos la bella sección del rejoneo y, para tal evento, queremos homenajear al rejoneador en activo más ilustre del escalafón. Se trata, nada más y nada menos que, Joao Moura, el caballero lusitano que, durante ya treinta largos años, tanta gloria le ha aportado al rejoneo. Quiero pensar que, Joao Moura, llegó al rejoneo en el momento justo; en un momento crucial en el que, tras la retirada de sus compatriotas lusitanos, tanta falta hacía en los ruedos un rejoneador de su categoría; digamos que, un caballero en la elite. Apenas era un muchachito cuando se presentó en las Ventas, hace ahora tres decenios y, su actitud, sorprendió a propios y extraños y, desde aquel momento, el éxito se alió junto a su persona. No era para menos puesto, Joao Moura, le imprimía a su labor, los más bellos ancestros del arte; la sorpresa, en aquel momento, resultó ser un revulsivo, un acicate para los caballeros españoles que, con Moura, encontraron un motivo de competencia y, por encima de todo, una “guerra” espectacular con la finalidad de ver y comprobar quien era el mejor; Manolo Vidrié puede dar fe de todo cuando digo.
En aquellos años, los rejoneadores se enzarzaban en darles vueltas a los caballos y encandilar al personal; más que con toreo, con saltos espectaculares, llegó Joao Moura para dictar las lecciones más emotivas puesto que, su toreo, lleno de templanza, arte y equilibrio artístico, en la grupa de sus caballos, el lusitano, obviamente, sorprendía con clamor. No podía ser de otro modo puesto que, para dicha suya, él era totalmente distinto y, eso resultó ser el detonante de su éxito; ser distinto, su mejor virtud, es la que calaba a diario en todos los ruedos del mundo. Cabalmente, sus éxitos, se sucedían con clamor, con verdadera autoridad y, de tal manera, las plazas de mayor relevancia de España, Francia y Portugal, supieron de la grandeza del mejor rejoneador lusitano de los últimos cincuenta años, con permiso de sus compatriotas que, anteriormente, le habían precedido.
Lógicamente, salvo excepciones, detrás de cada éxito hay un trabajo ímprobo que, por supuesto, el gran público no ve ni percibe pero que, como el caso de Joao Moura, cientos, miles de horas consagradas en aras de su profesión, sin lugar a dudas, eran el motivo y causa que le empujaron al más grande de los éxitos. Entre otras muchas plazas, Madrid ha vibrado como nadie con este caballero lusitano que, amparado por su arte, lograba enamorar a los aficionados a los caballos y, por supuesto, a los aficionados al toreo de a pie. Siete salidas por la puerta grande de las Ventas, amén de otras memorables faenas no rematadas con el rejón de muerte, dan fe y medida de la grandeza de este lusitano que, se refugió en España y, durante treinta años, ha sido la referencia, el punto de mira, el estandarte del más hermoso rejoneo. Convengamos que, si las acepciones de parar, templar y mandar, para el torero, son difíciles de lograr, para el caballero rejoneador, alcanzan caracteres de epopeya cuando se llevan a cabo y se realizan como Joao Moura es capaz de practicar, es entonces cuando el rejoneo logra la categoría de sublime y, este portugués, además de haber sido capaz de amar a España, durante treinta años, nos ha regalado su arte.
Ahora, Joao Moura, anda ilusionado con su hijo; no es para menos. El chico, por supuesto, tiene, a su vera, el mejor de los maestros; lo difícil será llegar a su altura. Tener un padre tan grande, tan carismático, tan artista, no deja de ser una bendición y, artísticamente, una quimera. Como vemos, el arte, a caballo ó a pie, no sabe de fronteras; Joao Moura ha sido el más bello de los ejemplos.