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Antolín Castro  
  España [ 27/05/2003 ]  
MAS PENA QUE GLORIA

(CORRIDA DE LA ASOCIACION DE UNA PRENSA 2003)
Hoy me voy a dirigir a ti, anónima espectadora, que estuviste a mi lado aplaudiendo toda la tarde. Con el mismo trato de respeto que en la plaza, lo haré ahora escribiendo. Lo primero será decir que ocupaste el lugar de un aficionado que no quiso sacar esta localidad fuera de abono. Como tantos otros que ayer no acudieron al festejo. Se nota en la plaza y en las cincuenta localidades cercanas, sólo pude contar quince conocidos de diario. Y se nota. Claro que se nota. Toda la tarde preguntando ¿por qué?, pero con el mismo peso a la hora del aplauso y, no digamos, del pañuelo. Eso tienen estas corridas extraordinarias, que son extraordinarias, sobre todo, en eso: en lo extraordinariamente entendidos y formados que vienen los espectadores. Justo es reconocer que dijo que de esto no entendía nada. Humildad que se agradece, pero que curiosamente no le impide votar. Los toreros os prefieren así y los políticos también.
Como ya habrá cronistas y críticos que harán su valoración pensando en el torero, cosa habitual por otra parte, desde estas líneas yo siempre lo hago pensando en el aficionado, que no en vano es quien sostiene el tinglado. Que a El Juli la tarde le vendrá bien en su atormentada temporada, seguro que lo dirán, que remontó un día difícil, también; que estuvo hecho un “tío”, seguro y hasta que estuvo sobrao. En ningún momento dirán, querida anónima espectadora, que los toros se los trajo bajo el brazo, que tuvo la ventaja de no entrar en sorteo, que no tuvo que competir in situ con ningún compañero, ni con los sobresalientes siquiera (perdone, lo de los sobresalientes no sabrá quienes son); que tuvo seis toros seis para él solo y que de haber tenido cuatro, -es decir, dos corridas ordinarias- su salida de la feria hubiera sido de un fracaso total. Así lo habrían contado los mismos que ahora se hacen aguas con la tarde exitosa del torero. Olvidar esto que acabo de relatar, es obviar parte importante de la esencia y potencia de este montaje de corrida, pero eso a ustedes, anónimos espectadores, les da igual. A quienes no les da igual es a la afición verdadera, la que lucha por una fiesta mejor: toros y toreros auténticos y en plenitud. No sé si lo entiende, pero permítame que la diga que hacen falta muchos años para doctorarse en afición. Y este doctorado, créame, también tiene su lucha y esa lucha es mucho mayor que la que tuvo en la plaza El Juli.
Más pena que gloria. Esa es la conclusión. Dos corridas -cuatro toros- fracasadas, y solo una -dos toros- se salvó. Sencillamente así y gracias. Además, para que así fuera hicieron falta algunas cosas, la primera ya está dicha, cual es gozar de seis astados durante y dentro de las jornadas de la feria; segundo e importantísimo que el público esperara, sabiendo que faltaban toros por salir. De haber terminado las tardes de dos en dos toros, la salida de la plaza no habría sido muy grata y no solo por la afición, sino también por el desencanto de seguidores y público en general. Pero, sobre todo, lo decisivo fue la importancia y exigencia de la afición de Madrid. Sin ella, anónima espectadora, sin su exigencia, no habría salido a relucir la casta de este torero -que la tiene- para enderezar el rumbo de la tarde. Fue a partir del encuentro con el siete, (con el grueso de la afición del tendido siete, para que me entienda mejor), cuando ejecutó los mejores muletazos de la tarde. Dos tandas de naturales entregado y muy templadas al gran toro de Fuente Ymbro. Su coraje hizo el resto, vibro e hizo vibrar, pero le hizo falta ese acicate: la exigencia de la afición. ¿Lo recuerda, verdad?, fue cuando más fuerte aplaudió. Anteriormente las palmas fueron cariñosas y de compromiso y ahora no. El toreo, que lo sepa, es un sentir, no una acción mecánica como lo vino haciendo ayer cada vez que el torero remataba una serie de lances.
Pues en esta su tercera corrida -dos toros últimos- es cuando más Juli hubo en la plaza y hasta puede justificarse a los juligans.  Cierto es que pocos han gozado de su tercera oportunidad en esta larga feria, -y eso sin estar en ella- y que no deja de ser arbitrario y agravio comparativo para con muchísimos otros toreros que no han gozado, incluso, de ninguna, mucho menos de elegir expresamente el ganado a lidiar. Todo esto, querida espectadora anónima, lo debería usted saber, pues le ayudaría muy mucho a valorar mejor. Acepte la invitación y siéntese en estos tendidos durante un mes o mejor un año y al final, viendo a muchos, podrá comparar. Tras ello, además de aprender cuanto sucede en la lidia, distinguirá quién lo hace mejor. Ese es el secreto de la afición, que saben perfectamente quienes lo hacen mejor que al que ustedes están aplaudiendo. Esa es su razón y está tan asentada, apoyada en criterios objetivos, que no se puede desmontar.
El Juli está contento y con razón. Una declaración suya, al término del festejo, decía que era la tarde más importante de su vida. Difícilmente podría hacer esa declaración si la tarde hubiera sido en Calahorra o Badajoz, por poner un ejemplo. Para ser importante, necesita la importancia de la plaza, pero sobre todo de su afición. Superar ese examen, es lo que le da valor. Coherencia por coherencia, supo valorar hasta la oreja que le otorgó D. César, -esta vez sí estuvo en su sitio- a sabiendas que en cualquier lugar le habría cortado el rabo. Eso es Madrid. Ya puede usted presumir de haber cortado esta oreja en su plaza. Esas lágrimas tras la muerte del quinto, son las que dan grandeza a su labor. Si lo hubiera tenido fácil, como en cualquier otro lugar, ni llorar ni . Sépalo valorar, pues merece la pena. Todo lo que sucede por ahí, no es nada comparado con lo que supone entregarse y superarse a uno mismo y la exigencia de Madrid. Gracias a esos aficionados que ponen el listón donde cómodamente no les gusta llegar a los toreros, El Juli hoy es mucho más que el Finito de ayer. Esa es la diferencia y Julián que es inteligente, no dudo señora anónima, lo sabrá valorar. Las palmas que arrancó a los que resistían, valieron más que las suyas de toda la tarde, dicho sin ánimo de ofender. Si quieres, Julián, cambiamos el titular: Mereció la pena llegar a esa gloria.

 
   
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