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Antolín Castro  
  España [ 23/05/2003 ]  
S.I.03 - HABIA UNA VEZ...

A mis nietos Daniel y Alejandro.


A vosotros, que contáis con poco más de un año. A vosotros os voy a dedicar esta epístola. Ser abuelo es tan importante, que nadie puede pensar que a vosotros os pueda engañar. Ni se me ocurre nunca, pero a vosotros, jamás. Por eso os quiero contar cuanto sigue.
 Había una vez... Cuando vuestros padres eran pequeños, unos geniales payasos, crearon una canción con la que se iniciaba siempre un programa, su programa de televisión. Estos payasos de la tele, cantaban: Había una vez, un circo que alegraba siempre el corazón... Era fantástico, bajo la carpa de un circo celebraban todo tipo de parodias y entre canción y canción, hacían felices a todos los niños. Era un programa de niños y para niños, aunque los veíamos todos. Nos hacían felices y fijaros como serían que aún hoy se cantan sus canciones. Alguna vez la abuela a vosotros os las ha cantado ya. Pero, estaros seguros que las llegaréis a cantar. Menudos eran aquellos payasos. Marcaron una época y va a durar varias generaciones.
 Si la abuela os canta esas canciones que evocan una época y la herencia dejada, hoy mantenida, yo, el abuelo, que me dedico a escribir, tengo con vosotros otra obligación. Otra ilusión, pero obligación de abuelo. La abuela no engaña y el abuelo, no puede ser menos. Por eso os lo voy a contar. 
 Había una vez... Había una vez una fiesta tricentenaria, patrimonio de los españoles, que durante esos tres siglos cautivó a múltiples generaciones, que la hicieron suya y no la abandonaron jamás. A ella se le dio la consideración de arte, el arte de torear, y consistía en que un hombre se enfrentaba a un toro, de ahí que se le llamara torero. Era tan apuesto ese enfrentamiento, tan gallardo y tan difícil de obtener en él una victoria, que muy pocos se atrevían a practicarlo. Los que lo hacían empezaron a adquirir fama y leyenda, consiguiendo un reconocimiento popular que rayaba lo divino, por encima de lo humano, ya que la lucha, tan desigual, solo era posible si el artista, el torero, tenía unas facultades y condiciones que se les negaba al resto de los hombres.
 Había..., una vez que fue dominado el toro como una fiera que era, que establecer cánones o normas que hicieran posible ese enfrentamiento. Dotar de un orden a la celebración que suponía la lucha, ya que acudían, atraídos por el coraje y valor que demostraban los toreros, masas de gentes a verlo. No había nada por aquel entonces que enalteciera más a un hombre que el hecho de tener agallas para enfrentarse con aquellas fieras con cuernos. Adquirieron tanta popularidad, que hasta los reyes les rendían pleitesía, -que no sabéis lo que era, pero era la leche- y les hacían honores. Pasó el tiempo y fueron perfeccionando las formas de burlar las embestidas de aquellos toros, adquiriendo tal habilidad y destreza que el arte se deslizaba entre los vuelos de los capotes y muletas que utilizaban para conducir las embestidas. Hubo maestros de tanto nivel que eran como dioses. Ahí es nada, hombres de carne y hueso y les respetaban como dioses. Era una fiesta que gracias a aquellos hombres llenos de valor y verdad, fue convirtiéndose en cultura popular. Y la cultura, que lo sepáis, siempre es cultura.
 Pasó el tiempo y otros grandes maestros se incorporaron, atraídos por la gloria y la fama que se alcanzaba. Y muchos de ellos realizaron innovaciones que perviven con el paso del tiempo y es que era tanta la importancia de esta fiesta secular, que la gente abarrotaba los cosos o plazas donde se celebraban las corridas de toros, que así las llamaron. Tanto gustaba, que pueblos y aldeas, pero sobre todo ciudades, construían recintos enormes para que entrara más gente. Nadie quería perderse aquella noble lucha entre toro y torero y algún tatarabuelo vuestro vendió el colchón -donde se duerme, fijaros- para poder acudir. Hubo un torero muy grande, que perdió la vida en la lucha, que dijo que había que hacer grandes plazas, muy grandes y las llamaron monumentales. Mantenía que así podía entrar más gente a verles y que los precios se podían, así, abaratar.
 Y nació el abuelo, vuestro abuelo, y jugaba al toro cada día, pues no había juego mejor. Era emocionante sentir, aunque fuera de broma y en un juego, las sensaciones y miedos que aquellos hombres, ídolos de todos los españoles, percibían delante del toro. Y como tantos otros, sintió la afición, se agarró a ella y hasta hoy cuando os escribo estas líneas. Y todavía quedan fuerzas para regalaros esos capotes que difícilmente sabéis para que son. Pero tiene su razón de ser y es la lucha diaria por la pervivencia de la que ha sido la fiesta más importante en este país.
 Había una vez... una fiesta en este país, y ya no la hay. Ni existen toros y toreros capaces de emular, siquiera mínimamente, lo que fue esta fiesta que el abuelo vio. Ningún torero hoy propone, quintuplicada la población, que hagan plazas más grandes, cuando quedan vacías casi todas si no es en fiestas, y aún así. Los toros, no son hijos de aquellos que elevaron la categoría y el respeto por este bello arte, son hijos de un laboratorio probeta, orquestado por mercaderes con la única idea de hacerse ricos. Los toreros no gozan de la admiración de nadie, pues ni son gallardos, ni valientes y ni siquiera conocen la dignidad. Esa gallardía, ese valor y esa dignidad que elevó a lo más alto a sus predecesores. Solo les gusta utilizar el vestido de torear para aparentar. Eso, queridos nietos, es una profanación.
 Había una vez... una fiesta grande y merecedora de admiración y hoy no la hay. Hoy, como ayer y... he estado en la plaza todos los días y he comprobado, como todos los presentes allí, que no la hay, ni se cumple nada de lo normado. Por tanto, he decidido que no os voy a enseñar como se usa ese capote rosa y amarillo que veis en casa junto a vuestros juguetes. No hay esperanza de que esto pueda cambiar y yo no quisiera veros un día tan cursis,  relamidos y faltos de dignidad como los que se ponen delante de la miseria de toros que se exhiben hoy. Tengo que compraros un balón, al menos ahí si existen reglas y multas y sanciones por hacer las cosas mal. La vida no lo va a notar; sin la fiesta, supongo se podrá vivir. Ya lo hacen millones de personas. Siempre nos quedará el circo -no el que ellos se nos montan- y las canciones de aquellos geniales payasos, que esas si que aguantarán el paso del tiempo. Un beso. Os quiero y no os puedo engañar.

El abuelo 

 
   
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