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Pla Ventura  
  España [ 08/10/2005 ]  
YO CONFIESO

Un suceso gratificante adornó mi vida durante las pasadas fiestas septembrinas y, por ello, en estas líneas, quiero rendir gratitud a este pueblo admirable llamado IBI que, en mi condición de inmigrante, hace ya cuarenta años, tan maravillosamente me acogieron. Que nadie se alarme, así como tampoco nadie debe de rasgarse las vestiduras cuando he pronunciado la palabra inmigrante porque, ante todo, es la más grande verdad que en mi vida ha sido. Llegué a IBI hace ahora ocho lustros y, aquí me formé como hombre, me eduqué como ser humano y, en IBI me dieron la oportunidad de ganarme la vida de forma honrada, como miles de personas que aquí llegaron, justamente, con el sólo hatillo de sus ilusiones.

Entenderemos que, al inmigrante no se le califica de este modo porque haya venido de lejos; todos los que hemos venido desde cualquier parte del mundo, humildemente, así nos debemos de sentir. Pero esta ha sido, sin lugar a dudas, la grandeza de IBI que, desde hace muchísimos años, supo abrir sus puertas para que, hombres y mujeres de buena voluntad, acá pudiéramos recalar, siempre, con la ilusión de encontrar nuestra estabilidad a través del trabajo. Lo que está pasando ahora con las hispanoamericanos, esa circunstancia, como explico, la viví yo hace quince mil días, por tanto, mi respeto a todos los ibenses y a tantos, como yo, que hicieron el camino muchos años después. No expongamos fobias ante nada ni ante nadie puesto que, antes de lanzar cualquier grito de protesta que pueda oler a la menor crítica, razonemos y analicemos nuestra condición inmigratoria. Por supuesto que siempre criticaré al gandul; venga de donde venga puesto que, esa especie siempre será una maldita carga para la sociedad honrada y trabajadora. Es a los vagos y maleantes a los que habría que expulsar, respetando, al mismo tiempo, a todos los que con su trabajo hacen un IBI grande, próspero y envidiable, acción que nos compite a todos cuantos aquí laboramos.

No me guste que se desprecie al inmigrante; el desprecio, como explico, debe ser para los desalmados, los delincuentes y todos los que, con sus acciones, enturbien la vida laboral y cotidiana de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que en este pueblo vivimos. No pido favoritismos para con nadie; pero sí comprensión ante los más débiles. Tampoco soy el abogado del diablo. Deambulo por las calles y oigo muchas cosas. Españoles o hispanoamericanos, todos somos hijos de Dios y, todo aquel que sea capaz de demostrar que quiere trabajar y se dedique a ello durante doce horas cada día, deberá de tener el respeto de todos nosotros. ¿O es que, cuando nosotros vinos a IBI todos veníamos con un Mercedes? Yo soy uno de los que aquí llegó con el pantalón raído, con las zapatillas rotas y con cero pesetas en el bolsillo. Pedí trabajo y me lo dieron; luego, la empresa donde trabajaba, como otras muchas, fracasó en su empreño y me quedé en la calle. Pero muy poco tiempo después, hace ahora 30 años, conocí a José Ferri Valls y, en aquel momento, comprendí que había conocido al que sería mi salvador, mi segundo padre, mi amigo y, de forma esencial, el hombre que enderezaría el rumbo de mi vida. A su lado me formé y, aquí estoy, en la empresa que él nos legara. José Ferri Valls supo darle cobijo a un inmigrante y, tres decenios más tarde, mi gratitud hacia la memoria de este hombre, será siempre eterna.

Decía yo que, un hecho hermoso, adornó mi ser en las pasadas fiestas de Moros y Cristianos y, al respecto, ha habido voces discordantes. Se me encomendó poner mi voz y mi ilusión a las retransmisiones de la televisión local, con motivo de las fiestas mayores. No soy un experto en dicho menester y, las pruebas, así lo demuestran; pero me sobraba ilusión para, con dicho acto, rendirle homenaje a este pueblo al que tanto adoro; al que tanto le debo. No regateé esfuerzo y, en mi condición de inmigrante, en este acto y en todas las acciones de mi vida, le entregué a IBI lo mejor de mi ser. Pido perdón a todos los que, involuntariamente omití; personas relevantes que, con toda seguridad, merecían de mi elogio y que, envuelto en mil asuntos y en la quimera de hacerlo bien, desgraciadamente, erré más de lo debido. Pero que a nadie le quepa duda que, en dicho menester, puse mi corazón y, ante todo, jirones de mi alma.

Gracias, IBI, te debo todo lo que soy. Y soy, sencillamente, un ser humano cualquiera que vino a trabajar y, gracias a dicha tarea, soy un hombre feliz; un ser apasionado por las cosas de la vida y, ante todo, capaz de darle gracias a Dios por conservar mi memoria y recordar mi pasado humilde; precisamente, lo que es ahora el presente de tantos que han venido de fuera y que, como yo hicieran, luchan por sobrevivir y, con la bendición del trabajo, forjarse un mañana mejor. Esa era mi idea y que, al paso de los años, se tornó en realidad. Con nuestras acciones, sigamos armando un IBI mejor que, en realidad, trabajando, estamos construyendo la vida.

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