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Fernando Marcet  
  Perú [ 25/08/2005 ]  
ARTE PELIGROSO

Todo artista requiere dos cualidades indispensables a su condición de tal: el sentimiento, que bulle en su alma y lo lleva a la imperiosa necesidad de expresarse, y la técnica, que le permite plasmar ese sentimiento en una realidad. Sin sentimiento no existe el artista. Sin técnica no es posible la obra de arte.

Muchos hombres y mujeres dotados de una sensibilidad superior frente a la vida, la belleza o el dolor, han pasado por este mundo sin haber podido perennizar su sentir en una obra de arte porque carecían de la técnica necesaria para hacerlo. Por otra parte el conocimiento profundo de la técnica no hace a quien la posee un artista porque sin nada que decir, la técnica sale sobrando. Cualquier artista, sea poeta, pintor, escultor, músico o bailarín, requiere las dos condiciones planteadas pero, cuando de un torero se trata, ello no es suficiente. Efectivamente, a diferencia de cualquiera otra disciplina artística, el toreo requiere de un tercer componente para realizar su labor: el valor. Sin este especial ingrediente no existe el toreo y de poco le puede valer al torero el conocimiento que pueda tener de reses y suertes, de las técnicas aprendidas de sus mayores, tampoco la explosión de sentimientos, deseos y rabia que lleve dentro. Si carece de valor para enfrentarse al toro bravo, nada puede hacer. Es nada, es otro más del montón...

El toro es la materia prima de la potencial obra de arte para el torero como el bloque de mármol para el escultor o el lienzo para el pintor; con una saltante diferencia: el escultor o pintor no ponen en juego su vida para expresar su trabajo. El torero sí. El toro es el que le toma examen final y el público el jurado calificador que, acertado unas veces equivocado muchas otras, aplaude o pita su labor.

Para un artista la opinión del público es muy importante, aunque muchas veces alardee afirmando lo contrario. Sabido es que el verdadero artista pocas veces se siente satisfecho con lo que hace y requiere el reconocimiento público para no perder la fe en si mismo.

Es también cierto que, como suceso extraordinario que se presenta  alguna vez en la vida –a veces ni eso- el artista entra en trance y siente como una fuerza creativa interior se apodera de todo su ser y pugna por salir a la luz, como el nuevo ser del vientre de su madre. Son momentos sublimes en los que el ser humano saborea el éxtasis que lo transporta a un nivel superior tan maravilloso que se desconecta del mundo terrenal para volcarse en la ejecución de algo de infinita belleza que pone su cuerpo al servicio de la creación de la obra perfecta con la que alguna vez soñó pero que jamás pensó podría llegar a realizar. Algunos lo llaman inspiración, otros: el toque de Dios, pero quien lo ha vivido dice que es algo mágico que produce un placer indescriptible luego de lo cual la vida ya no será igual hasta que, llegado el momento final, la muerte se habrá de presentar como el dulce tránsito a un edén, que, por un instante, tuvo la oportunidad de vislumbrar. ¿Exageraciones? Tal vez, pero se dice que Antonio Ordóñez, en una entrevista, reveló haber vivido ese estado de gracia frente a un toro con el que –desde el primer instante- estableció una simbiosis que lo sustrajo de la realidad para entregarse a esa fuerza sobrenatural que se apoderó de su ser para construir la faena soñada. Cuenta que, tan absorto estuvo en su labor -única, perfecta,  irrepetible- que sólo cuando dobló el toro, luego de una efectiva estocada,  regresó a la realidad como quien despierta de un sueño para percatarse de la euforia que vivía el público en las graderías desde donde le llegaba el ensordecedor bullicio de palmas mezcladas con gritos de ¡Torero! ¡Torero! en tanto los tendidos se cubrían de pañuelos blancos premiando su faena. Haya sido Ordóñez u otro el protagonista de la historia, la anécdota es válida para ilustrar de lo que son capaces de sentir y hacer los hombres que se entregan al apasionado y maravilloso mundo del toro. Desgraciadamente son los menos. Muchos otros, demasiados diría yo, andan por el mundo aparentando lo que no son y, con la complicidad de la nefasta prensa de alquiler, equivocan al nuevo aficionado que termina aprendiendo mal, aquello que los viejos y buenos aficionados quisieran preservar como una reserva para futuras generaciones.

El toreo es un arte, sí, pero también un negocio mal disimulado. El negocio esta matando el arte y los aficionados debemos hacer el mayor esfuerzo para impedirlo. Contrarrestar la mala honda que nos agobia es tarea ardua, lo se, pero no hay que cejar en el intento.

Es quizás por ello que me encuentro escribiendo sobre aspectos que para un aficionado son harto conocidos como aquello que el toreo es un arte que exige inteligencia, sentimiento y valor a quien lo practica.

Sin embargo, el cómo estos tres atributos determinan la forma de torear de cada torero es un interesante tema que, con el título de Cerebro, corazón y cojones, será asunto de un próximo artículo.

 
   
 
   
Alejandro Tellez 25/08/2005  
 
DIOS HACE AL ARTISTA, SOLO DIOS PUEDE DAR ESE DON ARTISTICO QUE MUCHOS POR NATURALEZA TRAEN, PERO LA TECNICA EN TODAS LAS ARTES DEBE DE APRENDERCE Y PULIRCE Y PARA HACER ESTO. HA MUCHOS LES HA FALTADO CEREBRO.CORAZON Y COJONES. SALUDOS Y SUERTE.
 
 
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