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Con una entrada cercana a las dos mil personas se lidiaron seis novillos de Brito, desiguales en presentación. Muy medidos en casta y bravura.
Miguel de Pablo: al tercio y una oreja con protestas Antonio Galindo: silencio en su lote Jaime Adrián: división de opiniones y pitos tras tres avisos.
Jaime Adrián se cortó la coleta al término del festejo tras lidiar el segundo ejemplar de su lote y escuchar los tres avisos.
 Una oreja dividida por un espadazo caído Algunas tardes son, en cuanto a lo informativo, aparentemente rescatadas por dos o tres acontecimientos que entregan repercusión inmediata. Titulares, tópicos que encabezan y protagonizan las tertulias que se suceden al finalizar la novillada, y a veces dejan de lado la verdadera sustancia de los mismos hechos y del resto de lo ocurrido.
Una oreja cuya concesión, además de las protestas –atinadas de acuerdo con el juicio de esta tribuna- , nos llevan a poner de nuevo en la mesa el incierto criterio de los jueces de plazas, en particular, ahora en La México.
La otra “noticia” esa decisión de Jaime Adrián para desprenderse el añadido en el ruedo cuya escena no deja de tener su tinte melodramático.
El resultado para Miguel de Pablo podrá en principio retrasar algunos días más el retorno a España, si repitiera el próximo domingo en esta plaza, de acuerdo con la línea general que ha manejado la empresa en la temporada. Otra oportunidad que, de aprovechar de nueva cuenta, le daría, quizá, entonces, mayor fuerza al argumento de una oreja de cara a su futuro cercano en España.
Este torero de Colmenar Viejo deja asentado tras su presentación, la de un novillero con buena idea del toreo fundamentada en saber pensar delante de la cara de los astados y hacer conforme a ello. La primera impresión, haber toreado de capa con fineza al que abrió plaza, es parte de la combinación para comenzar a penetrar en el gusto de esta afición. Con suavidad y una lógica cálida, si vale el calificativo, fue ganando terreno a la verónica hasta terminar en los medios. La decisión de un puyazo apenas señalado y un quite breve dejaban claro que De Miguel había comprendido la falta de fuerza, pero sobre todo la falta de raza del novillo. El de Brito tenía voluntad para embestir, pero esas condiciones tan medidas coartaban ese aparente deseo del astado. Con el transcurrir de la faena todo en el novillo se convertía en paveza, nada ardía con vehemencia; la faena había que construirla muy a su ritmo, pero sin dejar que aún sin consumirse, se venciera sin más.
Así fue forjando las tandas, con ideas puestas en práctica sostenidas por la técnica, con esa paciencia que se advierte como consentir. Con todo lo que costaba sumar, hilvanó una serie por el lado derecho; todo esto a la altura de las rallas del tercio. Y, justo cuándo surgía el cuestionamiento interior, pues quien esto escribe trata de seguir mentalmente los pasos y piezas que enlazando los toreros en sus trasteos, se llevó al novillo a los medios y la muleta a la mano izquierda. Por este flanco, se quedaba más corto, le era más hacedero protestar y entregar mucho menos. Optó por las dosantinas, que como si fuera ensayo, la segunda salió mejor que la primera –en la que se paró y lo miró-, y la tercera –aunque eslabonada, fluída-, mejor que la segunda. Eso era todo lo que podría haber, para culminar con el tercio final.
Una entera abajo que precisó un descabello, le acarreó las palmas que agradeció en el tercio.
 Para redondear su primera exposición Bien a la verónica y por chicuelinas andantes con donaire llevó al cuarto al caballo. Sin castigo el novillo se escupió de la suerte y al salir se encontró al madrileño que lo llevó de tercio a tercio andando hacia atrás, sin tocarlo, hasta rematarlo con un recorte ese todo. Ese todo lo continuaría con un quite por zapopinas, que él hizo vistoso desde al lanzar la montera y pasar dibujando una media luna para ganar su atención, entre lance y lance. Con la muleta, fue una faena de buenas maneras, exigiendo lo suficiente al novillo, que embestía humillando, pero con un recorrido corto. En los medios, el de Brito se rindió. No más. Aunque en la zona de tablas Miguel de Pablo buscó concluir el trasteo, el novillo se había declarado vencido.
De nueva cuenta una entera abajo. Una petición rala, y el juez de plaza incomprensiblemente “suelta” la oreja. Incomprensiblemente, porque él mismo, con una faena más o menos de la misma tesitura, un espadazo casi en el mismo sitio, con un mayor porcentaje de pañuelos ondeando le negó una oreja a Ricardo Frausto en la segunda novillada del serial. Si aquel día, aplaudimos esa certeza, hoy le reprochamos la franca reducción y la vaguedad en el criterio.
 Y para iniciar la segunda No tan prolíferas líneas pueden escribirse sobre la tarde para Antonio Galindo. Justo al iniciar su primera faena de muleta aparecía el viento, y poco antes de salir el quinto, la lluvia. Ni el uno, ni la otra han sido verdaderamente factor determinante. Dos de Brito, también. El segundo tardo, agarrado al piso, también desarrolló sentido. Galindo, con base en lo obstanido de sus intentos, reflejados en las gotas de sudor por la cara, cubrió ese “peligro sordo”.
 Afán, con la intención de encontrar Y con el quinto no logró centrar nuestra atención, muy probablemente porque él mismo no logró ajustar sus procedimientos con el de Brito. Lo prebicible era que el castaño tampoco llegara a romper, sin embargo, faltó la apuesta, o mejor dicho, el entendimiento de tlaxcalteca a tlaxcalteca. En el tendido, no se pierde con esa sospecha, pero quien está en el ruedo, delante, absolutamente. En el tendido, comprendemos, porque hemos avizorado cualidades y confirmado un torero con clase, pero la afición no manda en los despachos. Las orejas, los resultados, los números, lo tangible.
 Clase, que hay que vestir de contundencia "No te rindas", amigos o familiares alentaban o desalentaban la decisión de Jaime Adrián al pedir a la cuadrilla que le quitara el añadido. Para quien esto escribe y firma, el acto, representa al menos, un rescate de último momento de la dignidad, si se trata de un reconocimiento fetén de los verdaderos alcances y limitaciones para no seguir por un camino inoperante; de otro modo, se convierte en una escena tan o más chunga que el haber llegado hasta ahí.
Mucho se les alivia a muchos bajo la disculpa de torear poco. En ese poco se dilata lo que se va evidenciando. No se trata de machacar a quien, pensamos, aborta una ilusión por llegar a tener los pies bien firmes en la realidad. No fue así en el ruedo. No hay evidencia de asimilar el toreo, su técnica, su expresión, su escencia, no sólo al menos para debutar en La México, sino el mínimo para figurarse algún futuro pleno, lleno de las más altas aspiraciones.
 No todo fue absolutamente malo pd. A cuenta sí, de una ortodoxia neta, a un toro se le mata de frente. Si un torero, Jaime Adrián en este caso, se acomoda perfilarse y no dar el pecho, y argumenta ello como un recurso técnico, estamos hablando, entonces, de una ruin ventaja.
*Fotografías de Luis Humberto García
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