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23/04/2005
  (Ciudad de México) La aportación cultural del Centro de Estudios Taurinos de México
 
Firma: Francisco Coello
 
     
 

Atavismos enfermizos y nacionalismos obsesivos:

Somos reacios a los atavismos, a esos dogmatismos que no nos hacen salir del viejo territorio, limitado y viciado por cierto, de los lugares comunes. Una fragilidad enfermiza ya no sólo de nacionalismos sino de patrioterismos sin cordura, hacen que sigamos viendo a la fiesta de los toros, de la misma forma en que se ven “moros con tranchetes”. ¿A qué viene todo esto? Al discutible tema en donde siendo el toreo una expresión universal se le cuelgan nacionalidades o escuelas, o váyase usted a saber qué más, en aras de particularizarla, que no es más que aislarla de su condición actual. Evidentemente esto le da un carácter al espectáculo, pero lo polariza, pues las inclinaciones populares pueden estar con una bandera, por encima del arte, desacreditándolo en consecuencia.

Ayer, como hoy, la fiesta conserva caracteres que así como la engrandecen, también la reducen a su mínima expresión. Ahora bien, gozamos de un estado de derecho y de unas libertades que nos permiten expresarnos con auténtica espontaneidad. Por eso hay muchos que se inclinan por lo nacional en el toreo y desacredita todo aquello ajeno (lo español, por ejemplo) a unas circunstancias que ha hecho suya el mexicano en cuanto tal.

¿Complejo de inferioridad no reconocer esas raíces que forjaron el toreo?

¿Complejo de superioridad donde la arrogancia es cómplice?

O para decirlo en términos más directos: ¿por qué le molesta al “aficionado-apasionado” una faena de Ponce, si la del “Zotoluco”, por encima de la del español no fue exaltada como la de aquel?

No cabe duda que el nacionalismo se ofende y toma bandera de patriotería.

UN ARTE SIN FRONTERAS.

Creo que esta sería la llave que terminará resolviendo esta confrontación que no es nada nueva. Incluso, en los días previos a la guerra civil española, Marcial Lalanda hizo un extrañamiento público luego de que no le pareció a él y a otros toreros que varios carteles se formaran solamente con toreros mexicanos. Por supuesto que ardió Troya y los espadas nacionales materialmente fueron expulsados de territorio hispano. El trauma alcanzó entonces su máximo grado (con Gaona ya se habían visto ciertos intentos de bloqueo, que no prosperaron del todo, a pesar de que “Joselito” encaró personalmente el hostigamiento hacia el mexicano).

Estos acontecimientos, en alguna medida, sumados con el velo inconsciente que queda todavía, fruto de la conquista de los españoles, a quienes, despectiva y peyorativamente se les llama “gachupines” para referirse de ellos con menosprecio, luego de sus agresiones y ataques donde la víctima fue una cultura indígena (parece que el único elemento en que se fija el mexicano ofendido es la agresión o el desplazamiento cultural que provocó la conquista, soslayando otros acontecimientos que también hicieron florecer la nueva cultura mexicana, donde lo criollo y lo mestizo la enriqueció profundamente).

Ese trauma quedó atenuado con la presencia milagrosa de “Manolete”, tanto que años más tarde hubo otros dos diestros: Paco Camino y Pedro Gutiérrez Moya que reconquistaron espiritual, emocional y artísticamente al aficionado mexicano.

Ahora, puedo entender que ese “trauma” vuelve a estimularse incorrectamente con la presencia de Enrique Ponce, José Tomás, pero por encima de ellos, de Julián López “El Juli”.

Un estímulo incorrecto llamaría a la loca carrera publicitaria que los medios masivos de comunicación se encargan de forjar en tiempos muy cortos pero con una penetración rotunda que los convierte en símbolos de la mitología industrial, en productos de consumo perecedero. Por eso llegan al extremo de convertirse en máquinas de torear, sin conseguir proyectar la profesión que abrazaron, comprometidos de enaltecerla.

Probablemente sus principios sean otros, pero al ingresar a este mercado competitivo que crea unas condiciones extremadamente riesgosas por todo lo que significa montar una temporada con decenas y decenas de actuaciones. Incluso dice José Carlos Arévalo de “El Juli”: “Su apretado calendario (pueden ser más de 140 corridas) ha hecho mucho bien a la fiesta, porque ha llevado nuevos públicos a las plazas y ha hecho ganar mucho dinero a todos. Pero si también él lo ha ganado, a su toreo y a su imagen no los ha beneficiado. El Juli despliega todas las tardes lo mucho que sabe y se manifiesta siempre con casta de figura. Es una pena que no tenga tiempo de profundizar su toreo, de corregir algunos defectos que no merman su eficacia pero le impiden depurar su toreo de muleta”. (6TOROS6, N° 269, del 24 al 30 de agosto de 1999, p. 1).

Como ejemplo de lo contrario, véase el caso de “Curro” Romero que se mantiene erguido, luego de 40 años de alternativa. “Curro” es enemigo de aparecer en la T.V. y son sus seguidores o la prensa los que se encargan de prepararle y construirle el terreno antes de cada regreso, lo que convierte dicho preámbulo en un escenario de misterio. Cuanto realice o deje de realizar es sólo cuestión suya, pero alrededor de él gira lo incognoscible, lo que no puede adelantarse, porque su vida no la ha tratado para anunciar su muerte, sino que es esta la que se resiste recibirlo, si antes no ha conseguido todos los tributos, que por lo visto, son muchos los que quedan por darse todavía.

Ponce, Tomás y El Juli, fenómenos de la mercadotecnia se resisten ser víctimas de ella y así lo hacen con su toreo, se expresan, se manifiestan y vuelven a caer una vez más en las redes de una mortífera estadística, frialdad numérica que los hace acumular el triunfo, los apéndices, el buen dinero. Y también algo que los excluye de realidades: la aprobación o desaprobación de un público capaz de aplicar todo el hostigamiento que sea suficiente para eliminar a un torero, cuando se propone tal perversidad; porque también puede ser todo lo contrario: elevarlo a la cumbre de la gloria.

Mientras Enrique Ponce anuncia su virtual retirada; José Tomás cuida más su imagen y torea poco, quizá como la medida indispensable de retirarse prudentemente de la tentación, y torear más para sí mismo que para los públicos que están viendo en él a una enorme figura del toreo, la figura con que despertará el siglo XXI y el tercer milenio. En cuanto a Julián López, este se desborda materialmente toreando, sin coto de ninguna especie, pero con los tres vemos síntomas distintos, donde la razón de la mercadotecnia y de fama, les ha jugado la broma de hacerlos prisioneros, no dejarlos escapar. En el caso de que así ocurriera, el anuncio de despedida o una forma de torear menos pero bien, son las salidas oportunas. Si “El Juli” de reciente alternativa, decide junto a su administración ese ritmo de vida, que el destino lo colme de gloria. Morir tan joven puede ser un error, error que no necesariamente puede surgir del encuentro “mortal” con un toro, cualquier toro. No. Se trata también de esa otra muerte, además bastante lenta, dolorosa y callada en la que el joven Julián López está renunciando a la convivencia con su medio familiar, intelectual e incluso social.

Estas razones son las que hacen que el aficionado entienda los resultados de un acelerado tren de vida que daña mucho a los toreros, que finalmente son seres de carne, hueso y espíritu.

* Francisco Coello Ugalde, director del Centro de Estudios Taurinos de México. Doctor en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.

 
     
   
     
   
     

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