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15/04/2005
  (Ciudad de México) La aportación cultural del Centro de Estudios Taurinos de México
 
Firma: Francisco Coello
 
     
 

El toreo, es suma de sensaciones y de experiencias, donde la cuenta de los siglos nos ha enseñado: la evolución adquirida por un espectáculo anacrónico, goza de eternidad enfrentando lo efímero. Qué se puede esperar de una fiesta, permeada de arte y técnica si la muerte se vuelve un retorno a la barbarie, si ante todo esto, la diversión no sucumbe ante el pesimismo.

Frente a lo anterior, ¿cómo explicarse el conflictivo maridaje del toreo con toda esa carga de contradicciones?

No es fácil. Se requiere el desmenuzamiento de nudos gordianos. Pero no es el caso. La corrida donde confluyen todos estos elementos casualmente se ha celebrado apenas ayer domingo, luego del oficio religioso, con apenas unas horas de diferencia para transitar del reposo al éxtasis. Ritos hebdomadarios, donde librarse del pecado por la mañana es honrarlo por la tarde, asistiendo a los toros.

Parece arriesgada o atrevida esta afirmación, pero en el fondo lo es, con toda su carga de pureza conseguida, por un lado, a golpe de disciplinas que cada pecador se inventa para sí, y de ese modo obtener el perdón. Pero por el otro, se procura asistir puntual a la cita de la tarde para participar en la complicidad del pecado que puede esconderse en el grito anónimo y despiadado que descalifica al "matador" o a la autoridad en turno, desgañitándose y manoteando sin ningún control.

Las fuerzas del bien y del mal, el antagonismo como toreo. Visión maniquea que se esconde detrás del burladero, quizá para un lance soñado o para la "espantá" indeseable.

El toreo es azar, y por más que sepamos de la existencia de un guión que se escribe desde hace siglos, y se le respeta como al Corán o a la Biblia, sin embargo con la contraparte, como representación del mal se altera todo lo establecido. Por eso, cuando un torero obtiene el más resonante triunfo, llega a pensarse que hizo conjuros con Lucifer o que los propios ángeles hicieron alianza celestial y desde allá enviaron el rayo que iluminó aquel "milagro" de faena.

Nunca acabaremos de entender, por más literatura y explicaciones que pretenden desentrañar ese eterno misterio, el significado real de la tauromaquia con todos sus valores, unos, suspendidos en el aire apenas con el hilo de Ariadna. Otros, soterrados, bajo la espesa e inexplicable sinrazón de un murmullo que trae toda la razón a cuestas y de pronto puede olvidársele, sin más.

Desde luego que la interpretación del toreo se multiplica en la pluma de muchos escritores y poetas también. Allí están todos esos otros artistas que lo pretenden explicar a la luz de sus personales interpretaciones. No ha bastado tanto para tan poco, quizá para nada. Y allí vamos una vez más a la plaza, pretendiendo aprender la lección que nos resulta lugar común y de tanto concebirla así, nos olvidamos de pronto de lo esencial. Reiteramos enfermizamente ese síntoma y nos quedamos como al principio.

Cada regreso es también un reproche, la forma absurda de reclamar la irrealidad de la realidad que no vemos por ninguna parte. Aficionados los hay que amenazan no regresar y rumian su capricho en el tendido. Cambiar de religión no es pasarse de una acera a otra y ya está. La renuncia a la vida mundana por una limitada no es de elegidos sino de quienes eligen ese destino. Este modelo metafórico lo traigo aquí para destacar que siendo aficionado de toda la vida, no se puede renunciar sólo por invocar al pasado. Se vive de presentes para construir futuros que consolidan, ahora sí, cada uno de nuestros pasados como fortaleza donde nos miramos. Pero el pasado como evocación nostálgica nos abruma con los recuerdos gratos, unidos a nosotros como enlace vivo, que nos pertenece y nos es tan familiar.

Pero cuando el recuerdo echa en loca carrera las manecillas del reloj para atrás, se dispersa la memoria y nos pone ante escenarios ajenos, imaginados, vagamente sustentados por testimonios de una realidad, para el pasado su realidad, no la realidad del presente que en realidad es otra, tan distinta, tan ajena, que no veo como -de manera conveniente- las enlazan, las enlazamos y entonces la realidad se torna ficción.

Todo lo anterior es sujeto de la vulnerabilidad. De ahí que el toreo sea un espectáculo donde los sobresaltos están a flor de ruedo. Al fin y al cabo es una fiesta donde todo puede ser portentoso o simplemente desabrido.

Dejémonos de ciertos prejuicios que sólo nos dejan ver la corrida prendida de hilos subjetivos. Es cierto, cuidamos que el anacronismo no esté en peligro de extinción, pero nos volvemos demasiado radicales (¿nostálgicos?), e incluso hasta intolerantes, sin resolver nada. Por eso convocar al pasado resulta una fórmula perfecta y perspicaz de renunciar al presente.

El toreo como manifestación estética, por encima de su estructura técnica alcanza en nuestros días la necesaria reflexión sobre el venidero siglo XXI y el tercer milenio juntos. Precisamente, José Carlos Arévalo, analizando el toreo de José Tomás, apunta:

Hoy, José Tomás asume los hallazgos técnicos de la vanguardia y los pone al servicio del toreo más clásico. Una dicotomía que lo hace difícil de clasificar. No es un revolucionario ni un clásico, tampoco es un artista postmoderno, aunque sea todas esas cosas a la vez. Es algo indefinible y nuevo, el torero más técnico que he visto y al que menos se le ve la técnica, porque no la utiliza como ventaja sino como desventaja -al menos, aparentemente-. Intuyo que cierra una era inventiva del toreo y que inicia una etapa estética del toreo. Y presiento que poco a poco los aficionados dejaremos de hablar de la tauromaquia -ciencia del toreo- para hablar del arte del toreo. No sé si durará mucho o poco, ni si eso es relevante o no. Pero sé que ha abierto de par en par las puertas del siglo próximo al arte de torear.

Como vemos, es un tema harto discutible, que tiene mucha tela que cortar, y así como se discute a la tauromaquia -ciencia del toreo-, así también entre los historiadores nos enfrascamos en el discurso de si la historia es ciencia o no lo es, porque la historia tiene sus conflictos, pero también sus soluciones.

 
     
   
     
   
     

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