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Alejandro Silveti  
  entrevista de Pla Ventura [ 23/01/2016 ]  
ALEJANDRO SILVETI: Fui torero por decisión propia
Siempre es agradable conversar con personas de la relevancia de Alejandro Silveti que, como diría el poeta, bendita la rama que del árbol nace, caso de este hombre perteneciente a la dinastía más famosa de México, los Silveti.

Recuerdo que conversé con Silveti tras su retirada y, para mis adentros, tras aquella conversación, hasta me quedó la idea de no haber sabido exprimir a tan admirable personaje, todo un modelo ante la sociedad mexicana que si supo triunfar en los ruedos, más tarde, tras su retirada de los mismos se convirtió en un ejecutivo de élite.

Este Silveti jamás pasó desapercibido para nadie; ni cuando era torero ni nunca jamás. Siempre ha sido un hombre relevante en sus menesteres que, por supuesto, por sus acciones, todas le condujeron al éxito, tanto a nivel profesional como en el respeto que todos le han tratado.


Alejandro Silveti hoy

-Parece que fue ayer, maestro, pero ya han pasado dieciséis años desde aquella inolvidable tarde suya en Morelia, un 15 de enero del 2000 que, al compás de Las Golondrinas, firmaba usted su última y apoteósica tarde. ¿Qué recuerdos guarda de aquel día?

Ante todo, alegría y nostalgia. Alegría por lo que supuso la tarde puesto que logré un éxito de clamor; y nostalgia porque de antemano sabía que era mi última actuación, despedirse uno de algo siempre entraña mucha nostalgia. Pero era mi decisión, por tanto, en aquella tarde como a lo largo de mi carrera, siempre fui el responsable de mi vida.

-Usted, Silveti, siempre ha sido un hombre atípico. Primero que todo se hizo usted matador de todos con treinta años, una edad en la que en cierta época, los toreros ya se retiraban y, luego, apenas doce años como matador de toros y decidió usted abandonar.

Es cierto que, hasta que decidí ser torero, don Juan Silveti y doña Doreen Barry, -mis padres- eran muy felices; me veían inmerso en los estudios y eso les daba mucha tranquilidad; uno menos por el que sufrir –pensarían ellos- que, para eso ya tenían a mi hermano David que, desde muy pequeño quiso ser torero.
Deja que te confiese que, sabedor de la ilusión de mis padres, especialmente doña Doreen Barry, mi amada madre, ellos querían que yo estudiara y, de forma muy concreta, mi madre soñaba que yo fuera arquitecto, total que decidí complacerla. Pero lo que ellos no sospechaban, incluso yo creo que tampoco lo pensaba en aquellos años, era que yo me aficionaría por ser torero; y no es que me aficionara, es que lo logré con todas las consecuencias.
Ya conoces las razones por las que llegué al mundo de los toros un poco tarde; primero me convertí en el profesional que mis padres deseaban y, una vez logrado el sueño de ellos, una vez que les complací ya me cupo el honor de decidir por mí mismo, hasta el punto de cometer la locura de ser torero.

-Habla usted de locura y, si me lo permite, visto desde la calle, entiendo que hizo usted lo lógico siendo vástago de la estirpe Silveti.

De que tuve atisbos de locura es muy cierto. Imagina que yo llegué al mundo de los toros con el estigma de ser hijo de un grandísimo torero y, para colmo, hermano del intérprete más puro del arte de torear que ha habido en México, mi hermano David. La cosa no era sencilla. De no haberme llamado Silveti quizás hubiera llegado más lejos, pero yo venía marcado desde la cuna, por tanto, el esfuerzo tenía que ser mayor, como así me sucedió.


Alejandro con su padre y su hermano David

-Póngase la mano en el pecho, ¿llegó hasta dónde quiso o hasta dónde le dejaron?

Creo que hice todo lo que estaba en mi mano. Maté más de mil toros, actué en todos los países del mundo donde se celebran corridas de toros, incluido España, por tanto, no tengo nada que reprocharme. Me llevé muchas cornadas, innumerables éxitos y, ante todo, el reconocimiento de los aficionados, algo que les estaré eternamente agradecido.

-Se marchó usted muy joven, con poco más de cuarenta años. ¿Por qué tan pronto?

Porque era el momento; uno tiene que abandonar su profesión en pleno éxito, yéndose por decisión propia, nunca que te echen. A mí me cupo la dicha de marcharme en el momento justo, como te contaba, en pleno éxito. Me aguardaban otros muchos menesteres que ya tenía planificados, por tanto, no tenía motivos para aburrirme.

-Por cierto, ¿cómo están sus padres?

Muy bien, lacerados sus cuerpos por la huella que dejan los años pero, dentro de esa edad que tienen, más de ochenta años, a Dios gracias les tengo vivos y lo que es mejor, llenos de ilusiones. Ellos viven en el rancho allí en Guanajuato que, más que una casa es todo un santuario por aquello de las visitas que reciben.


La dinastia Silveti continúa

-Es inevitable, maestro, que no hablemos de su hermano, el Rey David como todos le conocían en México. Dicen que su hermano le estigmatizó a usted, es decir, el peso de su propia púrpura, la que él ostentaba, es la que le frenó de alguna manera a usted.

Como antes hemos comentado, ser hijo de Juan Silveti y hermano de David, es algo muy serio. Las responsabilidades que se cernían sobre mi persona eran mayúsculas, pero creo que superé la “prueba” con mucha dignidad.
Imagina si mi hermano era grande que, en cierta ocasión, un crítico mexicano llegó a decir que David Silveti no debería de torear en las plazas de toros, debería de hacerlo siempre en El Palacio de Bellas Artes, sencillamente, el escenario idóneo que hacía honor a su inenarrable arte. Era dueño de una personalidad arrebatadora; sacó fuerzas de flaqueza para salir a flote de innumerables lesiones que le tuvieron años postrado en el lecho del dolor; lesiones, cornadas, todo el sufrimiento que pueda ser acreedor un ser humano, lo padeció mi hermano y, como te digo, salió triunfador del embroque. A David le bastaban media docena de muletazos para enloquecer a La México, como en cualquier plaza; era, ante todo, un torero muy distinto a todos los toreros del mundo. Como te contaba, esa personalidad que tenía de la que era dueño y señor, le convirtió en un auténtico icono entre la torería mexicana.

-¿Qué sintió usted cuando comprobó que, por decisión propia, David Silveti le entregaba su alma a Dios?

Una pena inmensa, como le hubiera sucedido a cualquier persona que pierde un ser querido. Es cierto que todos sabíamos que David sufría un trastorno bipolar crónico, una enfermedad gravísima de la que temíamos un triste desenlace, como así sucedió. Pero no nos quedemos con un triste suceso; recordemos al Rey David en sus tardes de gloria que, para dicha de la afición mexicana fueron muchísimas, entre ellas, sus dos últimas comparecencias en La México, de las que todos guardaremos un recuerdo imborrable.

-La última vez que conversamos, al poco de retirarse usted, nadie sospechábamos que ahora tendríamos un nuevo Silveti en los ruedos. ¿Qué tiene que decirme de ese nuevo vástago de la familia llamado Diego Silveti?

Ante todo, estoy orgulloso de que la saga tenga continuidad; aquello de que otro Silveti esté en los ruedos, como comprenderás me hace muy feliz. Diego tiene valor, personalidad, tampoco está exento de arte y le auguro un futuro muy prometedor. Ha tenido ya triunfos importantes que, de seguir por ese sendero llegará muy alto. En su contra, como me sucediera a mí, tiene el estigma de lo que fue su padre, lo que puede suponer una pesada cruz que tenga que arrastrar sobre sus hombros. Diego está orgullosísimo de su progenitor, ¿cómo no estarlo? Pero a su vez sabe que, siendo hijo del Rey David, como sabes, se le exige muchísimo. No es sencilla su carrera, pero tengo la certeza de que llegará muy en lo alto de su profesión.


Inconfundible su estilo en un festival en Aguascalientes

-¿Cómo se encuentra la situación, respecto a lo taurino en México?

Muy mal, esa es la realidad que nos asola. Hay muchos toreros, esa es la verdad; pero modestamente tengo que decirte que nada que ver con la época nuestra que había varias figuras que tiraban del carro con una fuerza desmesurada. Ahí estaba mi hermano David, Armillita, Jorge Gutiérrez, Mariano Ramos, Manolo Martínez, Manolo Arruza…. un gran elenco de toreros que concitaban la atención de todo el mundo, razón por la que se llenaban las plazas.

Todo ha cambiado, pero para peor. Hay un axioma de Rodolfo Rodríguez El Pana en que, el maestro, al respecto de cómo está la fiesta en la actualidad, El Pana, un hombre sabio, nos recuerda y nos dice: “Antes, los chavales que queríamos ser toreros, a poco que tuviéramos condiciones, en un rato le comprábamos una casa a nuestra madre; ahora, tras mucho batallar por parte de los que quieren ser toreros, le piden a sus madres que vendan la casa para hipotecarse en ese empeño por ser toreros y, muchos, arruinados, ni siquiera lo consiguen”.
Las palabras de Rodolfo son para reflexionar, amigo. En su lenguaje tan particular como sabio, El Pana nos muestra la dura realidad de lo que supone ser torero.

-Tiene usted razón porque, amigo, eso de ver ahora La México, tarde tras tarde sin apenas gente, eso es dantesco, yo diría que lo más terrible que pudiera sucederle a una  plaza que ha sido todo un emblema durante cincuenta años. ¿Qué ocurre al respecto?

Falta promoción en todos los sentidos; la fiesta de los toros ha sido abandonada por completo y no llega a las entrañas del pueblo, de ahí la decadencia en la que vivimos. Una fiesta como la nuestra no puede vivir de espaldas al pueblo; el hecho de que no tenga promoción mediante los grandes medios de comunicación, como diría García Márquez, estamos hablando de una crónica de una muerte anunciada. Promoción, divulgación, trasmisión, llámalo como quieras, pero mientras no entremos en las entrañas populares tenemos la batalla perdida. La fiesta de los toros, como nos muestra La México cada domingo, tenemos la sensación de que se ha convertido en una fiesta elitista para unos pocos, mientras que la gran mayoría de las gentes no se enteran de que hay festejos taurinos.

-También es cierto, maestro Silveti, que quizás les falte a ustedes una figura consagrada que tuviera esa fuerza de la que antes hablábamos con los toreros de su época.

Son dos males que viven juntos; la falta de promoción en todos los órdenes y esa figura que tuviera cualidades para arrasar; tenemos muy buenos toreros, eso es cierto, pero nadie es capaz de concitar la afición como para llenar las plazas tarde tras tarde. Como te digo, no son ellos los culpables, los toreros; todo vendría dado si la fiesta tuviera la debida promoción, pero como quiera que estemos huérfanos de ello, he ahí la desdicha en la que estamos sumidos. Como no haya pronto una apertura hacia el pueblo llano, el futuro de la fiesta taurina lo veo muy apático.


El éxito le sigue acompañando en los festivales donde torea

-Para colmo de todos los males, maestro, nos faltaban los antitaurinos, ¿verdad?

Esa es otra lacra que azota a dicha fiesta; son pocos, pero se mueven a velocidad de vértigo mediante las redes sociales y, como quiera que hoy en día esos medios tienen muchísima fuerza, ellos destruyen todo lo que encuentren a su paso.

-¿Cree usted que si tuviéramos un José Tomás en cada esquina hablaríamos del mismo modo?

Ese sería el revulsivo que necesitamos en la fiesta; pero tampoco pidamos imposibles porque toreros como Tomás nace uno cada cincuenta años y, en su caso concreto en el que torea tan poquito, tampoco él puede resolver los males de la fiesta. Sus actuaciones, como hechos puntuales, son dignos de alabanza, pero tampoco solucionan nada, salvo que dentro de unos días, cuando el matador español haga el paseíllo en La México y, gracias a su presencia la podamos volver a ver llena, sencillamente, para recordar viejos tiempos.

-Malos momentos los que vivimos, maestro y, lo que es peor, por lo que usted me cuenta, voy analizando y en España sufrimos los mismos males. ¿Cree usted que de verdad la fiesta de los toros llegará a desaparecer?

Presagio que sí. Quizás tú yo que estamos viendo como languidece no veamos todavía el exterminio de la misma, pero de que está sentenciada a muerte, puedes firmarlo. Posiblemente, así lo quiera Dios, cuando ésta esté en plena agonía, hasta es posible que pongan los remedios adecuados para salvarla, pero de momento, la realidad que tenemos es la que hemos dicho que, para nuestros males, por el momento no encontramos ningún atisbo de solución.


Alejandro ve el futuro del toreo muy oscuro... ¿será por las gafas?

-Nos queda, en su caso como en el mío, retrotraernos treinta años atrás y ver cómo disfrutábamos de una fiesta que nos parecía maravillosa y la que creíamos eterna.

Tú lo has dicho, mala cosa será que tengamos que vivir de recuerdos cuando, en realidad, lo que debería de ilusionarnos sería un futuro esplendoroso al respecto de los toros.

-De verdad, Silveti, ¿hablaría de igual modo si ahora estuviese usted en activo?

Si las realidades fueran las que estamos viviendo, por supuesto que sí. La verdad es la que es y no la podemos esconder; deberás de saber que me duele en el alma analizar y ver la dura realidad, pero es la que tenemos y, tanto tú como yo no la podemos cambiar.

-Maestro Silveti, ha sido un placer conversar con usted desde España, un lujo para nuestro medio, dicho sea de paso, tan vinculado con México. Muchísimas gracias y que Dios le siga bendiciendo.

Fotos cedidas por el torero

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